viernes, 29 de julio de 2005
Los primeros días de un senador tras las rejas
Eran pasadas las tres de la madrugada del miércoles pasado cuando Jorge Lavandero, a sus 75 años, se encontró cara a cara con el lugar donde había sido condenado a vivir por los próximos cinco años de su vida. Entumido, el ex senador decidió mensurar, por sus propios medios, las dimensiones del espacio donde habitaría: se plantó en el centro de su celda, extendió los brazos a lo ancho de ésta y comprobó que le faltaban sólo un par de centímetros para alcanzar ambos muros con las yemas de sus dedos. Abatido emocionalmente y cansado tras un viaje de 680 kilómetros desde Temuco, en un carro celular de Gendarmería, el septuagenario caudillo se tendió sobre su cama y observó su entorno: 6 metros cuadrados equipados con una mesa, una silla, un retrete y un botón de emergencia. Por la ventana emplazada en una de las paredes sólo pudo ver cemento e intentó dormir. Pero no pudo.
Era su bienvenida a la Cárcel de Alta Seguridad (CAS).
Rumbo a la sombra
En su departamento de la calle Luis Thayer Ojeda, en la comuna de Providencia, el pasado sábado 16 de julio Jorge Lavandero se enteró que el peor de los escenarios judiciales que podía esperar se hacía realidad: la Corte de Apelaciones de Temuco disponía que cumpliese tras las rejas la condena a cinco años por abusos sexuales reiterados contra cuatro menores de edad de la Araucanía.
Acompañado de su pareja, Natalia Lizama; su hija Carolina, su yerno, nietos y una decena amigos, pasó esa tarde masticando la rabia y esperando las instrucciones de su equipo jurídico.
A las 21:30 horas, el abogado Alfredo Morgado se presentó en el lugar y le sugirió que se dirigiera hasta Temuco, para esperar allá el cúmplase de la sentencia y evitar así ser detenido por funcionarios de Investigaciones. De inmediato Lavandero se retiró a una de las habitaciones y reunió a sus familiares más cercanos para comunicarles: "Me voy inmediatamente". Tras hacer una maleta con ropa y útiles de aseo, a las 22:00 horas estaba montado sobre su Mercedes Benz rojo, conducido por Axel Rivas, su secretario personal.
Rumbo al sur, en medio de la noche, el viaje fue en silencio y, a las 5:30 de la mañana, Lavandero arribó a la capital de la IX Región.
Sin moverse de su departamento, el domingo y el lunes transcurrieron amargamente para el ex parlamentario, a la espera del cúmplase de la sentencia.
Hasta que sucedió lo inevitable: el mediodía del martes recibió una llamada telefónica de unos de sus abogados informándole que debía presentarse ante el tribunal.
"Estoy bien, muchas gracias, buenos días", fueron las últimas palabras que pronunció públicamente, pues a las 13:00 horas -el ahora ex senador- ingresaba al Centro de Cumplimiento Penitenciario de Temuco. Ahí fue recibido por el encargado del penal, completó los papeleos de ingreso y se le practicaron los exámenes médicos de rutina. Luego fue trasladado a lo que, según se le informó, sería su celda por al menos esa noche: 24 metros cuadrados con dos literas y baño privado.
La sorpresa fue total para Lavandero, su familia y su defensa cuando minutos antes de las 17:00 horas partió rumbo a Santiago. Tras un viaje con sobresaltos y a toda velocidad por la carretera 5 Sur, a las 0:50 horas del miércoles el ex senador llegó a Pedro Montt 1902-A, la Cárcel de Alta Seguridad. Otra vez debió completar su ficha de ingreso y se le practicaron chequeos médicos y siquiátricos para constatar su estado de salud.
Por fin, pasadas las tres de la madrugada, el legendario caudillo fue conducido hasta su celda en el "Módulo J", el mismo donde alguna vez estuvo el asesino del sacerdote Faustino Gazziero, Rodrigo Orias. Era el momento preciso para que descansara, pero no se sentía bien, pues no había ingerido sus antidepresivos, sus píldoras para dormir ni tampoco se había aplicado una pomada que usa en uno de sus oídos. Solo, en su estrecha celda, sintió frío y sin una repisa o un armario donde guardar sus pertenencias, el ex senador se vio obligado a dejar su maleta y sus ropas tiradas sobre el suelo.
Pasaron las horas y salió el sol. Lavandero no durmió ni un solo segundo y a las 8:00 de la mañana estaba parado bajo el marco de su puerta para su primer conteo.
Su rutina en la Cárcel de Alta Seguridad había comenzado.
La vida en la CAS
En su primer "desencierro", enfundado en un buzo, el miércoles pasado Jorge Lavandero pudo conocer a sus nuevos vecinos: Günter Müller, famoso asaltante de bancos de principios de la década del 90, y seis narcotraficantes. En total, actualmente son 47 los internos del penal (con capacidad para 80), quienes cada mañana, a las 8:30 horas, reciben el desayuno en sus celdas.
Luego, entre las 9:00 y las 9:30 horas, cada recluso debe encargarse del aseo de su habitación, para después bajar obligatoriamente desde el segundo o tercer piso del edificio -donde se ubican las celdas- a uno de los patios, pues aunque Lavandero o cualquiera de sus compañeros prefiera permanecer en sus seis metros cuadrados, los presidiarios forzosamente deben pasar la mañana al aire libre.
En el caso del ex senador, es el llamado "patio poniente" del recinto el que debe ocupar, ya que por el momento Gendarmería no tiene contemplado que se mezcle con el grueso de la población. Caracterizado por su segmentación, el penal maneja criterios como fecha de ingreso, tipo de delito y peligrosidad para dividir a los reos.
El "patio poniente" es un sector de 150 metros cuadrados rodeado de concreto, donde Lavandero se ha encontrado y departido con miembros de grupos extremistas que lo han acogido bien, según cuenta una de sus visitas. "En estos pocos días, Jorge ha recibido mucho apoyo y la admiración de los presos políticos", afirma la misma fuente.
A partir de las 12:30 horas, los internos de la CAS cuentan con una hora para almorzar. La comida que reciben es la misma que la del resto de los funcionarios de Gendarmería, constituyéndose en el recinto penal que mejor alimentación brinda a sus reclusos, muy diferente al resto de las cárceles del país, en que la comida no sólo poseen un mal sabor, sino que también -muchas veces- es insuficiente.
De cualquier forma, Lavandero no ha aceptado ningún tipo de alimento que sus familiares y amigos le han llevado hasta la CAS. Siempre frugal, ha comentado que no tiene ningún reparo en contra de la comida y que su deseo es alimentarse igual que el resto de sus compañeros. Con tal disposición, él ha rechazado hacer uso del conservador de alimentos que dispone cada módulo del penal.
Nuevamente, tras el almuerzo, los presidiarios deben retornar a sus respectivos patios. A 50 metros de Lavandero, pero sin la posibilidad de observarlo, se encuentra el otro grupo de reclusos del penal. Ahí, el empresario Claudio Spiniak -ahora integrado al resto de la población tras pasar varios meses totalmente aislado- juega pimpón y departe con otros reclusos que se entretienen practicando ajedrez o leyendo. Mientras, en uno de los otros patios del recinto, el ex detective de Investigaciones Rómulo Aitken comparte con un par de camaradas acusados de prestar ayuda a un narcotraficante.
En estos pocos días, el ex senador también ha tenido tiempo para la lectura. Por petición especial suya, su pareja le llevó hasta el CAS un libro de "meditaciones", que un amigo pastor le regaló antes de ser encarcelado.
Sólo un poco de sol baña el "patio poniente" durante la tarde y el lugar se torna frío y húmedo. Por eso, los reclusos gastan el tiempo en la llamada "sala múltiple" con que cuenta cada patio. Ahí, en un mismo lugar, están las sillas y mesas donde los presidiarios comen, ven televisión y, además, se emplazan baños y duchas.
Abatido y enfermo
Todo cambia los días de visitas, que por el momento para Lavandero están estipuladas los días lunes entre las 9:00 y 12:00 horas y los viernes entre las 14:00 y 17:00 hrs. Mientras que las llamadas "visitas conyugales" están reservadas para el segundo miércoles de cada mes.
El viernes recién pasado, el ex militante de la DC recibió a su pareja, una hermana, amigos y a uno de sus abogados en un espacio subterráneo de 5 por 5 metros, amoblado con bancas y una mesa. Antes y después de encontrarse con ellos, el otrora caudillo de la IX Región fue revisado minuciosamente por gendarmes (los que existen en una proporción de dos por cada un interno), y a quienes ha calificado de amables y muy respetuosos.
En esa oportunidad, la mayor sorpresa para los familiares y amigos que llegaron a visitar al ex senador fue verlo portando un cuello ortopédico. Producto del bamboleo y sobresaltos del viaje de más de siete horas desde Temuco, un dolor cervical se apoderó de él. No obstante, más allá de aquel malestar, lo que más preocupa hoy a sus cercanos es el "complejo estado de salud por el que atraviesa". Según ha trascendido durante los últimos días, Lavandero sería víctima de un cáncer a la próstata, diagnóstico que se habría filtrado desde el penal de Temuco. De cualquier forma, y ante cualquier eventualidad, desde Gendarmería afirman que el recinto cuenta con una muy bien equipada enfermería y, además, a pocos pasos se encuentra el hospital de la institución.
Por sobre su padecer físico, una de sus visitas asegura que lo más preocupante es su estado de ánimo: "Aunque asegura que no lo destruirán, que es inocente y aún mantiene esperanzas en el recurso de queja presentado ante la Corte Suprema, Jorge está profundamente deprimido". Todavía gira en su cabeza la defensa de sus antiguos abogados, comandados por Matías Balmaceda, y su estrategia de aceptar los cargos que se le imputaban para evitar un juicio oral. "Fue un error", se le ha escuchado decir.
Hasta el momento, la habitación del ex senador denota su corta estadía. Un conocedor y visitante habitual del penal asegura que a medida que pasa el tiempo las celdas se van haciendo pequeñas para sus ocupantes. "De a poco aparecen las fotos, cortinas, una radio, un librero y, por supuesto, el infaltable calendario", cuenta.
El primer requerimiento de Lavandero fue a causa del frío que padeció la primera noche. Por eso, desde el mismo miércoles cuenta con un radiador eléctrico que por medio de aire caliente ha entibiado su celda. También, desde el jueves pasado cuenta con un televisor de 20 pulgadas (no está permitido uno de mayores dimensiones), y está a la espera de un computador y una radio donde podrá escuchar sus melodías favoritas: tangos y boleros. No obstante, las frazadas de polar que su pareja le llevó quedaron en manos de Gendarmería.
Las 17:30 es la hora de la cena y 30 minutos más tarde es el momento de volver a las celdas. Otra vez, cada uno de los reclusos debe pararse en el marco de la puerta de su celda para que la nueva guardia haga su conteo.
Ahora sí, Lavandero y sus vecinos quedan encerrados en sus 6 metros cuadrados con la posibilidad de apagar la luz cuando les plazca.
Las cámaras de televisión y los rayos infrarrojos se activan.
Era su bienvenida a la Cárcel de Alta Seguridad (CAS).
Rumbo a la sombra
En su departamento de la calle Luis Thayer Ojeda, en la comuna de Providencia, el pasado sábado 16 de julio Jorge Lavandero se enteró que el peor de los escenarios judiciales que podía esperar se hacía realidad: la Corte de Apelaciones de Temuco disponía que cumpliese tras las rejas la condena a cinco años por abusos sexuales reiterados contra cuatro menores de edad de la Araucanía.
Acompañado de su pareja, Natalia Lizama; su hija Carolina, su yerno, nietos y una decena amigos, pasó esa tarde masticando la rabia y esperando las instrucciones de su equipo jurídico.
A las 21:30 horas, el abogado Alfredo Morgado se presentó en el lugar y le sugirió que se dirigiera hasta Temuco, para esperar allá el cúmplase de la sentencia y evitar así ser detenido por funcionarios de Investigaciones. De inmediato Lavandero se retiró a una de las habitaciones y reunió a sus familiares más cercanos para comunicarles: "Me voy inmediatamente". Tras hacer una maleta con ropa y útiles de aseo, a las 22:00 horas estaba montado sobre su Mercedes Benz rojo, conducido por Axel Rivas, su secretario personal.
Rumbo al sur, en medio de la noche, el viaje fue en silencio y, a las 5:30 de la mañana, Lavandero arribó a la capital de la IX Región.
Sin moverse de su departamento, el domingo y el lunes transcurrieron amargamente para el ex parlamentario, a la espera del cúmplase de la sentencia.
Hasta que sucedió lo inevitable: el mediodía del martes recibió una llamada telefónica de unos de sus abogados informándole que debía presentarse ante el tribunal.
"Estoy bien, muchas gracias, buenos días", fueron las últimas palabras que pronunció públicamente, pues a las 13:00 horas -el ahora ex senador- ingresaba al Centro de Cumplimiento Penitenciario de Temuco. Ahí fue recibido por el encargado del penal, completó los papeleos de ingreso y se le practicaron los exámenes médicos de rutina. Luego fue trasladado a lo que, según se le informó, sería su celda por al menos esa noche: 24 metros cuadrados con dos literas y baño privado.
La sorpresa fue total para Lavandero, su familia y su defensa cuando minutos antes de las 17:00 horas partió rumbo a Santiago. Tras un viaje con sobresaltos y a toda velocidad por la carretera 5 Sur, a las 0:50 horas del miércoles el ex senador llegó a Pedro Montt 1902-A, la Cárcel de Alta Seguridad. Otra vez debió completar su ficha de ingreso y se le practicaron chequeos médicos y siquiátricos para constatar su estado de salud.
Por fin, pasadas las tres de la madrugada, el legendario caudillo fue conducido hasta su celda en el "Módulo J", el mismo donde alguna vez estuvo el asesino del sacerdote Faustino Gazziero, Rodrigo Orias. Era el momento preciso para que descansara, pero no se sentía bien, pues no había ingerido sus antidepresivos, sus píldoras para dormir ni tampoco se había aplicado una pomada que usa en uno de sus oídos. Solo, en su estrecha celda, sintió frío y sin una repisa o un armario donde guardar sus pertenencias, el ex senador se vio obligado a dejar su maleta y sus ropas tiradas sobre el suelo.
Pasaron las horas y salió el sol. Lavandero no durmió ni un solo segundo y a las 8:00 de la mañana estaba parado bajo el marco de su puerta para su primer conteo.
Su rutina en la Cárcel de Alta Seguridad había comenzado.
La vida en la CAS
En su primer "desencierro", enfundado en un buzo, el miércoles pasado Jorge Lavandero pudo conocer a sus nuevos vecinos: Günter Müller, famoso asaltante de bancos de principios de la década del 90, y seis narcotraficantes. En total, actualmente son 47 los internos del penal (con capacidad para 80), quienes cada mañana, a las 8:30 horas, reciben el desayuno en sus celdas.
Luego, entre las 9:00 y las 9:30 horas, cada recluso debe encargarse del aseo de su habitación, para después bajar obligatoriamente desde el segundo o tercer piso del edificio -donde se ubican las celdas- a uno de los patios, pues aunque Lavandero o cualquiera de sus compañeros prefiera permanecer en sus seis metros cuadrados, los presidiarios forzosamente deben pasar la mañana al aire libre.
En el caso del ex senador, es el llamado "patio poniente" del recinto el que debe ocupar, ya que por el momento Gendarmería no tiene contemplado que se mezcle con el grueso de la población. Caracterizado por su segmentación, el penal maneja criterios como fecha de ingreso, tipo de delito y peligrosidad para dividir a los reos.
El "patio poniente" es un sector de 150 metros cuadrados rodeado de concreto, donde Lavandero se ha encontrado y departido con miembros de grupos extremistas que lo han acogido bien, según cuenta una de sus visitas. "En estos pocos días, Jorge ha recibido mucho apoyo y la admiración de los presos políticos", afirma la misma fuente.
A partir de las 12:30 horas, los internos de la CAS cuentan con una hora para almorzar. La comida que reciben es la misma que la del resto de los funcionarios de Gendarmería, constituyéndose en el recinto penal que mejor alimentación brinda a sus reclusos, muy diferente al resto de las cárceles del país, en que la comida no sólo poseen un mal sabor, sino que también -muchas veces- es insuficiente.
De cualquier forma, Lavandero no ha aceptado ningún tipo de alimento que sus familiares y amigos le han llevado hasta la CAS. Siempre frugal, ha comentado que no tiene ningún reparo en contra de la comida y que su deseo es alimentarse igual que el resto de sus compañeros. Con tal disposición, él ha rechazado hacer uso del conservador de alimentos que dispone cada módulo del penal.
Nuevamente, tras el almuerzo, los presidiarios deben retornar a sus respectivos patios. A 50 metros de Lavandero, pero sin la posibilidad de observarlo, se encuentra el otro grupo de reclusos del penal. Ahí, el empresario Claudio Spiniak -ahora integrado al resto de la población tras pasar varios meses totalmente aislado- juega pimpón y departe con otros reclusos que se entretienen practicando ajedrez o leyendo. Mientras, en uno de los otros patios del recinto, el ex detective de Investigaciones Rómulo Aitken comparte con un par de camaradas acusados de prestar ayuda a un narcotraficante.
En estos pocos días, el ex senador también ha tenido tiempo para la lectura. Por petición especial suya, su pareja le llevó hasta el CAS un libro de "meditaciones", que un amigo pastor le regaló antes de ser encarcelado.
Sólo un poco de sol baña el "patio poniente" durante la tarde y el lugar se torna frío y húmedo. Por eso, los reclusos gastan el tiempo en la llamada "sala múltiple" con que cuenta cada patio. Ahí, en un mismo lugar, están las sillas y mesas donde los presidiarios comen, ven televisión y, además, se emplazan baños y duchas.
Abatido y enfermo
Todo cambia los días de visitas, que por el momento para Lavandero están estipuladas los días lunes entre las 9:00 y 12:00 horas y los viernes entre las 14:00 y 17:00 hrs. Mientras que las llamadas "visitas conyugales" están reservadas para el segundo miércoles de cada mes.
El viernes recién pasado, el ex militante de la DC recibió a su pareja, una hermana, amigos y a uno de sus abogados en un espacio subterráneo de 5 por 5 metros, amoblado con bancas y una mesa. Antes y después de encontrarse con ellos, el otrora caudillo de la IX Región fue revisado minuciosamente por gendarmes (los que existen en una proporción de dos por cada un interno), y a quienes ha calificado de amables y muy respetuosos.
En esa oportunidad, la mayor sorpresa para los familiares y amigos que llegaron a visitar al ex senador fue verlo portando un cuello ortopédico. Producto del bamboleo y sobresaltos del viaje de más de siete horas desde Temuco, un dolor cervical se apoderó de él. No obstante, más allá de aquel malestar, lo que más preocupa hoy a sus cercanos es el "complejo estado de salud por el que atraviesa". Según ha trascendido durante los últimos días, Lavandero sería víctima de un cáncer a la próstata, diagnóstico que se habría filtrado desde el penal de Temuco. De cualquier forma, y ante cualquier eventualidad, desde Gendarmería afirman que el recinto cuenta con una muy bien equipada enfermería y, además, a pocos pasos se encuentra el hospital de la institución.
Por sobre su padecer físico, una de sus visitas asegura que lo más preocupante es su estado de ánimo: "Aunque asegura que no lo destruirán, que es inocente y aún mantiene esperanzas en el recurso de queja presentado ante la Corte Suprema, Jorge está profundamente deprimido". Todavía gira en su cabeza la defensa de sus antiguos abogados, comandados por Matías Balmaceda, y su estrategia de aceptar los cargos que se le imputaban para evitar un juicio oral. "Fue un error", se le ha escuchado decir.
Hasta el momento, la habitación del ex senador denota su corta estadía. Un conocedor y visitante habitual del penal asegura que a medida que pasa el tiempo las celdas se van haciendo pequeñas para sus ocupantes. "De a poco aparecen las fotos, cortinas, una radio, un librero y, por supuesto, el infaltable calendario", cuenta.
El primer requerimiento de Lavandero fue a causa del frío que padeció la primera noche. Por eso, desde el mismo miércoles cuenta con un radiador eléctrico que por medio de aire caliente ha entibiado su celda. También, desde el jueves pasado cuenta con un televisor de 20 pulgadas (no está permitido uno de mayores dimensiones), y está a la espera de un computador y una radio donde podrá escuchar sus melodías favoritas: tangos y boleros. No obstante, las frazadas de polar que su pareja le llevó quedaron en manos de Gendarmería.
Las 17:30 es la hora de la cena y 30 minutos más tarde es el momento de volver a las celdas. Otra vez, cada uno de los reclusos debe pararse en el marco de la puerta de su celda para que la nueva guardia haga su conteo.
Ahora sí, Lavandero y sus vecinos quedan encerrados en sus 6 metros cuadrados con la posibilidad de apagar la luz cuando les plazca.
Las cámaras de televisión y los rayos infrarrojos se activan.

